Antonia Fiscutean

Soy una artista autodidacta obsesionada con el detalle y la elegancia de lo que no se muestra del todo. Trabajo con lápiz porque no miente.  Represento cuerpos femeninos fragmentados, ampliados como si fueran mapas secretos de deseo, poder y belleza. La forma femenina es el medio y mensaje a la vez, donde la belleza deja de ser una actuación para convertirse en un estado puro del ser.

Mis obras no hablan de procesos espirituales ni de autoconocimiento, hablan de mujeres que ya se conocen. Que no necesitan permiso para verse bellas, para ocupar espacio, para mirarse y pensar: “Joder, qué bien me veo”.

Me inspiran esas divas modernas que tienen empresa, velero, abdominales y un cuarto de meditación con vista al mar. Mujeres que entienden el arte como lo que es: una inversión en ellas mismas. Un espejo que no deforma, que revela.

Habito ese espacio ambiguo entre la figuración y la abstracción, revelando fragmentos de cuerpos, posturas entrecortadas y emociones fugaces — creando una sensación de realidad velada por el misterio.

Durante años creí que ser artista no era suficiente. Me formé en diseño, arquitectura, trabajé para otros, cambié de ciudades, países, roles… buscando siempre algo que me diera ese «sentido». Pero había una parte de mí —la más íntima, la más potente— que permanecía dormida. Hasta que un día, una amiga, una foto, y una hoja de papel común me devolvieron a mí misma.

Ese dibujo fue un punto de inflexión. No era sólo un retrato, era un “aquí estoy” silencioso. Fue el inicio de mi serie Contemplación, y el inicio de algo mucho más grande: el permiso de volver a ser artista.

Desde entonces, he hecho del lápiz mi forma de expresión más honesta. Dibujo con precisión quirúrgica y una sensibilidad radical. Cada línea nace del deseo de mirar con profundidad, sin juicio, sin máscara.

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